El amor de una madre lo aguanta todo. O, al menos, eso es lo que impone la sociedad, ya sea por tradición, cultura o costumbre. ¿Pero es así? ¿Un hijo puede hacer cualquier cosa y ser perdonado siempre por ese vínculo que parece indestructible? ¿Hasta qué punto una madre debe cargar con todo lo que su hijo no puede —o no quiere— asumir?
La llegada del hijo —a la que fui un poco por descarte, porque era la única que encajaba por horario— me cogió por sorpresa y me gustó precisamente por cómo plantea este dilema. Desde el perdón, el duelo y la maternidad, propone una pregunta vital: ¿dónde termina la responsabilidad de una madre?
A lo largo de la película se cuelan escenas en las que la protagonista está montando un puzzle. Este símbolo articula la historia. Está en la forma de narrar, saltando entre pasado y presente de una historia fragmentada, como los recuerdos. Pero también describe la parte emocional: Sofía, la madre, trata de recomponer las piezas de un amor oculto, el rechazo vivido por parte de Alan, su hijo, y el regreso de ese mismo hijo tras salir de la cárcel. Un regreso que no trae paz, sino que reabre heridas, genera tensión y hace tambalear lo poco que había logrado reconstruir.
Hay momentos en los que ese puzzle avanza, se ve más completo, y otros en los que parece retroceder, como si su propia vida estuviera encallada. El pasado pesa más que el presente. Hasta que Alan, en un gesto violento, destruye las piezas que su madre tanto se había esforzado en encajar. Todo salta por los aires. Y es precisamente ahí, en medio del caos, cuando Sofía toma la decisión más importante de la película.
Como hijos, casi siempre exigimos. Queremos que nuestros padres estén ahí, que nos cuiden, nos entiendan, nos salven. Y cuando no lo hacen, cuando fallan, les pedimos rendir cuentas. Recuerdo una entrevista a Laia Costa, hace unos años, mientras promocionaba Cinco lobitos. Decía algo que se me quedó grabado: como hijos, olvidamos que nuestros padres son, antes que nada, personas. Personas con sus miedos, sus historias, sus frustraciones y sus deseos. Personas que también están haciendo lo que pueden.
Alan no consigue entender —o no quiere— que su madre haya vivido una historia de amor. No la acepta y la castiga.
Yo no llegué nunca a ese punto, pero, de alguna manera, también tardé en comprender la separación de mis padres. Con poco más de 20 años, me faltaban todavía muchas piezas de un puzzle mucho más complejo de entender. Era como si en ese dibujo faltaran agujeros por rellenar, seguramente los más importantes que te dan la experiencia y la madurez para entender las entrelíneas que tiene la vida.
No fue hasta años después cuando pude mirar atrás sin preguntas, asumiendo que la historia de cada uno pertenece a cada uno. Fue entonces cuando entendí que todos atravesamos momentos duros, decisiones difíciles y, que ese proceso de aceptarlo, es, al mismo tiempo, liberador y profundamente humano.
La sociedad impone estructuras familiares que muchas veces resultan asfixiantes, sobre todo para las mujeres. Se les exige renuncia, entrega, perdón incondicional. Sofía tuvo que silenciar una historia que le hizo feliz. Se vio desplazada por la sociedad -personificada en su madre- y obligada a vivir su duelo a escondidas por miedo al juicio ajeno. ¿Por qué debía perdonar a quien, de forma egoísta, arrasó con su derecho a ser feliz?¿Solo porque era su hijo?
No es cierto que el amor de una madre lo aguanta todo (o no debería serlo). Los vínculos también necesitan límites, cuidado mutuo y, sobre todo, respeto. Entenderlo no debilita el amor, lo humaniza. Permite querer desde otro lugar más generoso, consciente y libre.

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