Hace unos días regresé a la que, para mí, es una de las mejores películas del siglo XXI: La peor persona del mundo. Julie, la protagonista, representa en parte a quienes seguimos buscando un lugar y todavía no sabemos muy bien qué hacer con nuestras decisiones.
Julie salta de una vocación a otra, de una relación a otra, intentando responder a la presión social de ser alguien madura, estable y definida, cuando en realidad es alguien en construcción (¿alguna vez dejamos de estarlo?). Vive con esa sensación constante de llegar tarde y de no cumplir con lo que se espera de ella.
Cerca del final de la película, Julie se reencuentra con Aksel, posiblemente la pareja más importante de su vida. Se ven después de un tiempo sin contacto y es entonces cuando él le confiesa que sufre un cáncer de páncreas incurable. Es una de mis escenas favoritas del cine, de esas que te hacen un nudo (de los gordos) en el estómago por su sencillez y profundidad: un parque, un banco, y dos personas que se quieren y se admiran, charlando sobre su historia y sobre todo lo que ya no será: el amor, la maternidad, la cultura.
Me gusta especialmente la escena por lo que se dice, sobre todo Aksel, pero también por lo que no se dice. Julie, en lugar de refugiarse en frases hechas frente a un desenlace inevitable (como solemos hacer por miedo a empeorar el dolor), se limita a escuchar, respeta el tránsito de Aksel y, simplemente, le coge de la mano.
Es en esa conversación cuando Aksel lanza un alegato en favor de una forma tangible y física de entender la cultura. Lamenta que ya no tiene un futuro del que hablar y solo puede aferrarse a los objetos que amó en el pasado. A través de esos elementos culturales que marcaron su vida, reivindica una manera de sentir y vivir la cultura propia de quienes nacimos antes de los años 90.
Es una defensa de ese arte que aprendimos a querer y que el siglo XXI y la digitalización han ido desdibujando. El placer de atesorar libros, abrir un CD, sacar la carátula y leer las letras de las canciones en la contraportada. O ver las fotos de tu grupo favorito. Ahora tenemos tantas imágenes disponibles que ya no las valoramos. Pero antes, poseerlas era un pequeño tesoro.
La producción cultural actual, en gran parte digital, se parece a una cadena de montaje de contenidos que no nos permiten valorar la calidad. Pasamos más tiempo eligiendo una película en una plataforma que viéndola. Spotify nos bombardea con canciones a todas horas de consumo inmediato y olvido rápido. Pocos somos los que valoramos el álbum musical como obra completa, con su historia, su narrativa interna y su hilo argumental. Leemos historias en una pantalla que se ilumina, pero que no te da margen para perderte entre las páginas o en su portada.
A mí me gusta tener estanterías con los libros que compro y leo. Igual que los antiguos álbumes de fotos, siento que son un refugio analógico frente a tanta velocidad, tanto ruido y tanta digitalización. Me gusta pensar en la idea de mis últimos años rodeado de todo lo que me enriqueció y me hizo feliz. Una estantería con libros, una chimenea y algo con lo que escuchar mis discos favoritos, poco más necesitaré. Poseerlo físicamente me da una seguridad, una pertenencia, que no siento en su versión digital, por el miedo a perder ese arte entre códigos y enlaces en la nube, y no poder palparlo.
Los últimos días de Aksel en La peor persona del mundo no debieron de ser fáciles, pero estuvo rodeado de personas que le querían y contó con esa cultura en forma de objetos a la que aferrarse en momentos de miedo e incertidumbre. Y sirvieron también para que Julie recuperara una de sus pasiones: la fotografía.
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