“La buena letra es el disfraz de las mentiras”. Esta es la cita con la que comienza la película La buena letra. Es el marco mental que te sitúa incluso antes de que arranque la historia: todo lo que luce bello pero está vacío, esconde falsedad y carece de autenticidad en medio de una época de privaciones.
Sin embargo, en este contexto opresivo, lo que más me llamó la atención fue el juego que propone la película con la comida y su evolución a lo largo del relato: la necesidad de beber achicoria en lugar de café por su elevado precio. O los guisos preparados casi exclusivamente con laurel que Ana, la protagonista, cocina en casa y que se convierten en el sustento familiar junto con pieles de naranja hervidas.
A través de la comida, la historia revela las dificultades que atravesó una familia de vencidos en los años posteriores a la Guerra Civil. Algo similar a lo que ocurre hoy en Gaza.
Hace unos días, el periodista Mikel Ayestarán recibió el Premio Ortega y Gasset por su cobertura multimedia de la guerra de Gaza. No es una cobertura sobre el terreno porque nadie puede acceder al territorio. Cada día, una familia gazatí le envía el menú diario, una muestra de cómo Israel “utiliza la hambruna como arma de guerra”.
Mientras veía la película, conecté de inmediato esas escenas de Ana y sus pucheros con las imágenes que Ayestarán publica en su red social. Un siglo después, en contextos muy distintos, el hambre y los alimentos siguen siendo símbolos de vencedores y vencidos.
Conforme avanza la trama y aparecen Antonio e Isabel, con su aire soñador y moderno, empiezan a desfilar también platos con guisos de carne y alcachofas. Llegan tiempos mejores, o eso aparenta la pareja recién llegada, porque la buena letra hueca, con mentiras ocultas, se hace evidente en la historia.
Pero ese aire de cambio no roza a Ana. Ella se mantiene firme, oprimida, veraz. La represión que vive no es solo externa, también se manifiesta en lo íntimo. No se permite soñar. No deja que su hija coma con la mano izquierda, como imponía la norma de la época. Sus únicos momentos de disfrute ocurren puertas adentro, porque no le está permitido gozar en público. Solo al final, cuando decide sacar una silla al patio y disfrutar del sol, rompe mínimamente con esa rigidez impuesta.
¿Qué diferencia hay entre la achicoria y el café, entre un guiso con laurel y una comida de carne y alcachofas? Hoy diríamos que poca, pero en la España de posguerra el abismo fue insalvable. El mismo que hoy sufren muchas familias por el capricho de tiranos y la desgracia de haber nacido unos kilómetros más al oeste.

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